CUANDO LA MÚSICA RESPIRA CERCA

Por Aneliz Elvira Archila

Xalapa, Ver., 28 de marzo, ocho de la noche. Afuera, Xalapa se movía despacio, con ese fresco que se filtraba sin molestar. Adentro, en Tlaqná, el tiempo parecía suspenderse. Las personas llegaban poco a poco, con pasos suaves, casi como si no quisieran romper el aire.

Estaba en primera fila, justo al centro. Desde ahí, la música no sólo se escucha: vibra, atraviesa el pecho, se instala en los brazos y en las piernas. Frente al asiento, dos personas jóvenes cruzaban pocas palabras, pero sus miradas eran suficientes, como si esperaran algo que no sabían cómo explicar. Detrás, una pareja adulta se tomaba la mano en silencio. La sala no estaba llena, pero no importaba. La emoción llenaba los espacios vacíos.

La orquesta afinaba, y el murmullo del público fue apagándose hasta convertirse en nada. Entonces apareció Iván López Reynoso. El director. Traje oscuro, camisa blanca, pasos firmes. Su sola presencia ordenaba el ambiente. Caminaba como quien no tiene prisa, pero sabe exactamente a dónde va. Sin hablar, ya estaba dirigiendo.

Después entró Mario Caroli. Alto, delgado, con una presencia que no necesitaba decir nada. Llevaba un pantalón de vestir oscuro, una camisa blanca impecable y un pañuelo rojo de seda Louis Vuitton atado al cuello. Caminaba como si flotara, con la seguridad tranquila de quien sabe exactamente lo que va a hacer.

El concierto comenzó sin aviso con el “Concierto para flauta y orquesta no.1, Op.39” (1992), de Lowell Lieberman, en tres movimientos: Moderato, Molto adagio y Presto. La flauta surgió del aire como si ya estuviera ahí escondida, esperando que alguien la escuchara. Cerré los ojos. No por sueño, sino porque ver distraía. El sonido era limpio, liviano, casi frágil. En la segunda parte, más lenta, la música flotaba. Algo se movía dentro del pecho, como una emoción antigua, sin nombre, que solo puede sentirse.

Pero no era solo Caroli se mostraba apasionado. La orquesta también vivía la música. Algunos músicos se inclinaban, otros tarareaban bajito. Uno, por un momento, pareció a punto de levantarse, como si contenerse fuera lo más difícil de la noche.

Cuando terminó la pieza, Caroli se despidió entre aplausos cálidos. Caminó fuera del escenario con una sonrisa discreta, y por un momento todos pensamos que ahí acababa su participación. Pero pocos segundos después, volvió. Solo, sin partidura, sin orquesta. Se colocó al frente y comenzó a tocar. Nadie lo esperaba. Nadie lo pidió. Pero todos lo necesitábamos.

La sala entera se volvió aire quieto. La flauta parecía hablar en voz bajita, contando algo que no podía decirse con palabras. Era un momento tan íntimo que incluso respirar se sentía como interrumpir. Y cuando terminó, el aplauso fue distinto. No por fuerte, sino por la ternura que llevaba.

No era solo la música lo que conmovía. Eran ellos también, los que la traían al mundo esa noche. Mario Caroli, de origen italiano no solo tocaba: contaba historias desde una flauta. Había comenzado su camino musical a los catorce años, y para los diecinueve ya era solista; y desde entonces su vida ha sido viento convertida en arte. Su paso por escenarios del mundo como el “Conservatorio Giuseppe Verdi” (Milán) y “Accademia di Santa Cecilia” (Roma), se convirtió en el intérprete preferido de muchos de los más grandes compositores vivos. Salvatore Sciarrino, György Kurtag, Doina Rotaru, Olga Neuwirth y muchos otros escribieron para él hermosas obras para flauta sola, así como nuevos conciertos para la flauta, que contribuyen a ampliar la literatura del instrumento. Todo eso se sintió cuando apareció en escena. Su presencia tenía la fuerza de quien conoce a fondo el silencio, y el talento de quien lo transforma en sonido.

Y al frente, sosteniendo el hilo invisible de cada compás, estaba Iván López Reynoso, nacido en Guanajuato. Con la precisión de un arquitecto y la sensibilidad de un poeta, se dirigió como quien escucha antes de hablar. Su formación como contratenor le da a su gesto una musicalidad distinta, casi vocal. Ha trabajado con orquestas en Europa y América como la “Philharmonia Zürich”, “Orquesta Sinfónica de Madrid”, “Orquesta Filarmónica de la UNAM”, entre otras; con cantantes que han pisado los escenarios más exigentes. Ha acompañado a figuras como Javier Camarena, Ramón Vargas o Rolando Villazón. Pero esa noche, su batuta no era internacional: era íntima. Parecía latir al mismo ritmo que la orquesta.

Durante el intermedio, el escenario quedó vacío, como si también necesitara descansar. Luego, poco a poco, los músicos regresaron. Volvían tranquilos, en silencio, algunos sonriendo entre ellos. Se sentaban, afinaban nuevamente sus instrumentos con pequeños gestos, breves sonidos. Y entonces, el director reaparecía. Todo volvía a empezar.

Entonces llegó “Tierra de temporal» (1949) , de José Pablo Moncayo. No fue un comienzo abrupto. Fue una advertencia. El sonido crecía despacio, como una tormenta que se forma a los lejos. En un momento, la música se volvió un río desbordado. Cuerdas, metales, viento, todo junto. Y de pronto, calma. El silencio después del caos. Como cuando uno se queda quieto viendo caer la lluvia tras un mal día.

La última obra fue distinta. “La suite de El mandarín milagroso Op.19 (1918-1919/1924), de Béla Bartók”. No era hermosa. Era intensa, rara e inquietante. Pero atrapaba. La orquesta entera parecía respirar al mismo tiempo. El sonido golpeaba, giraba, corría. Nadie se movía. Ni los muchachos del frente, ni la pareja de atrás. Solo miraban, como si la música los tuviera atrapados.

Cuando terminó, hubo un aplauso largo y profundo. Pero no todos aplaudían, algunos cerraban los ojos. Otros se quedaban quietos, con las manos en el regazo.

Al salir, nadie hablaba fuerte. Afuera seguía fresco, pero no había prisa. Caminábamos despacio, como si aún lleváramos la música encima, pegada al cuerpo, sin querer soltarla.

Porque hay noches que no caben en las palabras. Solo se viven. Y esta fue una de ellas.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *