Xalapa, ansiedad en escala de grises

La mañana del 15 de noviembre Xalapa hizo lo que hace cuando algo amenaza con volverse histórico. Salió a la calle con su modestia característica, como si desconfiara de la épica pero necesitara asomarse a verla. En redes, la convocatoria de la Generación Z ardía desde semanas antes con reacciones indignadas tras el asesinato de Carlos Manzo en Uruapan, tutoriales en TikTok sobre cómo llegar preparado a la marcha y hashtags convertidos en trending topic nacional. En Ciudad de México el resultado fue considerable, pues la movilización reunió a 17 000 personas, según el recuento del gobierno capitalino. Pero Xalapa, siempre inclinada a versiones más íntimas, produjo otra escena. Unas cuantas calles cerradas, un grupo que rondaba el millar —esa es la estimación de Telediario, que reportó cifras similares para el Puerto de Veracruz y menores en Poza Rica y Orizaba— y una procesión blanca y perfumada que se hizo notar mientras desfilaba por la calle Enríquez.

Lo sorprendente no fue la cantidad, sino la composición. No era una marcha de adolescentes. La idea que se había cocinado en internet, en la plaza estaba ausente. Predominaban los adultos de manifiesta clase media, jubilados, maestros, políticos, oficinistas, algunos jóvenes sueltos y muchos más chavorrucos que veinteañeros. La protesta era real, el enojo era real, pero el sujeto convocado —esa fuerza juvenil que iba a irrumpir para salvar al país— brillaba por su ausencia.

Lo que Xalapa no tenía en cuerpos jóvenes lo tenía en algo más inquietante, más revelador. Porque cuando un país entero espera que sus juventudes salgan a la calle y salen, en cambio, los adultos, el problema ya no es de logística ni de convocatoria. Parece más un síntoma del clima invisible que define a nuestra época.

Uno podría pensar que aquello es solo una excentricidad xalapeña o un subterfugio panista. Pero no. Porque más allá del lugar común que esa tarde dibuja —los carteles blancos hecho a mano, los sombreros Panamá, las exigencias de renuncia a la gobernadora— se escondía algo de lo que nos urge reflexionar. Y es que marchamos no porque creamos en nuestra capacidad de cambiar algo, sino para no sentirnos solos frente al derrumbe.

Hay ideas que, cuando las lees, parecen escritas para días como éste. Zygmunt Bauman, por ejemplo, en su Modernidad Liquida (2000) entendió antes que nadie que las sociedades contemporáneas se mueven empujadas por una sospecha, una inquietud, la sensación de que la cabina del piloto está vacía, de que nada está realmente bajo control. Decía, en esencia, que la vida pública se ha vuelto una especie de coreografía improvisada donde los gestos importan más que los resultados. Y si uno mira con detenimiento lo que ocurrió en Xalapa, esa lectura adquiere una pertinencia muy incómoda. La marcha que en redes prometía un estallido juvenil terminó siendo una procesión contenida, casi doméstica, sostenida por adultos que no buscaban conquistar la calle sino tranquilizarse en ella. Ni una derrota ni una farsa; es el síntoma gris de una época que convirtió la protesta en un acto para espantar la ansiedad, no para ejercer poder.

Xalapa, noviembre de 2025