SEGURA EN UN PARÉNTESIS

Antes de empezar a tomar el camión sola, mi mamá repetía los mismos consejos de siempre: “Guarda el celular al frente”, “Si algo te incomoda, cámbiate de asiento”, “No vayas tan descubierta, ya sabes cómo son las miradas en el transporte”. Me decía que evitara las faldas, que llevara tenis para moverme rápido y que no me pusiera audífonos. Eran advertencias que sonaban a exageración, pero que con el tiempo entendí que nacían de una mezcla de miedo y cuidado; una especie de escudo improvisado para enfrentar un espacio que nunca fue diseñado pensando en nosotras. Y quizá por eso, mi forma de vestir cuando viajo en autobús dice más de mis miedos que de mis gustos. Esa idea me acompaña esta mañana, mientras cierro la puerta de mi casa y camino hacia la parada. Casi siempre termino usando sudaderas amplias o ropa que no llame demasiado la atención, como si así pudiera deslizarme por la ciudad sin que nadie me mire dos veces.

Es un disfraz involuntario, una estrategia silenciosa que aprendí sin querer y que sigue vinculada a los consejos de mi mamá. “Evita ropa muy ajustada”, “Cuida el escote”, “Lleva pantalón mejor que falda”. Aunque deberíamos vestir como quisiéramos al salir de nuestras casas, la realidad es que vivimos en un país donde es muy común el hostigamiento en el transporte público. De cada 100 mujeres entrevistadas por el INEGI en 2023, 27 dijeron haber experimentado un incidente de acoso sexual en autobuses. Y en medio de esas cifras, está la vida diaria: elegir qué ponerse antes de salir, medir riesgos, anticipar miradas. La libertad se vive con cautela, casi siempre negociada entre lo que queremos vestir y lo que tenemos que enfrentar.

Mientras bajo la pendiente de la calle, el calor se pega a la piel con una insistencia que incomoda. Llevo gorra y lentes, no tanto por el sol, sino porque funciona como una máscara improvisada: un filtro entre el mundo y mi rostro. En el parque recreativo del Coyol la gente corre, salta, respira sin miedo. La reja metálica verde encierra un espacio amplio y luminoso, casi desbordado por el sol. La barda de piedra volcánica que sostiene la reja añade un toque rústico, y las bancas rosadas y azules parecen ofrecer pausas breves a quienes cruzan el parque. Las sombras largas de los árboles dibujan manchas irregulares sobre el suelo. Los juegos infantiles resaltan por sus colores vivos. Es un parque de colonia, funcional y cercano, donde la vida diaria fluye entre la luz intensa, el sonido del tránsito y la quietud momentánea que el calor obliga.

Mientras observo ese movimiento tan suelto, no puedo evitar compararlo con la forma en que yo misma recorro la ciudad. Nunca he vivido una agresión directa en el transporte público pero sí he tenido momentos que me marcaron. Una vez, en pleno día, iba con mi mamá saliendo de una fiesta. Yo llevaba un vestido largo, de cuello redondo; un atuendo pensado para sentirme cómoda. Mi mamá me dijo que quería tomarme una foto, así que me acomodé recargada en un árbol, tratando de posar sin mucha pena. En ese instante pasó un coche rojo. Iban cuatro hombres dentro, mucho mayores que yo. Yo tenía quince años; ellos debían rondar los treinta. Me chiflaron. Uno de ellos asomó medio cuerpo por la ventana y me gritó “¡Guapísima!”. Yo me congelé. Aunque esa palabra no suena tan terrible, en ese momento me atravesó como una alerta. No era un halago, era una irrupción. Sentí una incomodidad brusca. Me acerqué a mi mamá, quien tenía el gesto duro, molesto por lo que acababa de pasar. Tomé mi suéter, me lo puse rápido, como si pudiera desaparecer dentro de él. No me tomé la foto. El momento se rompió, se contaminó de algo que no entendía del todo pero que ya intuía como un peligro.

Los piropos no son iguales para todas ni tienen el mismo peso en cada cuerpo o en cada historia. Hay quienes pueden ignorarlos, pero muchas mujeres sienten cómo les invade la piel esa mezcla de vergüenza, miedo y rabia contenida. “¡Guapísima!” es casi inofensivo comparado con otros mucho más agresivos: “Mamacita, con ese cuerpo cualquiera se pierde”,“Chiquita, camina más lento para admirarte”, “A ese pantalón le falta ser yo”, “¿Por qué tan seria? Si quieres te alegro yo”, “Ven, preciosa, que te enseño lo que es un hombre”, los comentarios sobre el cuerpo como si fuera territorio público. Piropos que no buscan agradar, sino marcar una presencia, dejar claro que te están mirando y que pueden decirlo en voz alta.

Llego a “la parada de Ramiro”, un nombre que no aparece en ningún mapa. Está en la esquina donde se junta la calle Peral con Manzano. Son las 10:48 am, cuatro minutos después subo al camión rumbo al CEM. El conductor es un hombre serio, de rostro cansado. No va lleno pero el ambiente pesa más que cualquier aglomeración: asientos rotos, ventanas pintadas de negro pero desteñidas, otras rotas, grafitis en las paredes, un rechinar casi constante. La música norteña se pierde en el ruido del motor. El aire huele a metal caliente, a abandono. Nadie reclama. Nadie espera algo mejor. Es un transporte que revela, sin querer, cómo se entiende la movilidad en Xalapa: como un servicio para resistir, no para vivirlo.

Me bajo a las 11:24, aún inquieta por tomar una ruta desconocida. Y entonces empieza el verdadero reto: encontrar el camión exclusivo para mujeres. No hay señalética, ni horarios, ni mapas. Solo indicaciones verbales que se contradicen entre sí. A un lado de la escuela Artículo 3º hay un terreno baldío donde están estacionados dos camiones blancos. Algunos choferes están comiendo. Me acerco a uno y le pregunto si ahí pasa el camión rosa. Me dice que no, que debo bajar por la Av. Cándido Aguilar y tomarlo frente de “El Pollo Mexicano”. Camino hacia la esquina donde la calle Lic. M. Quirasco se junta con Cándido Aguilar. El encargado me indica otra esquina, cruzando Quirasco. Llego a una casa morada con un letrero de calle tan deteriorado que ya no se lee. La banqueta tiene el borde amarillo pero le faltan pedazos, como si el tiempo lo hubiera mordido.

Son las 11:34 am. Espero bajo el sol, sin certeza de estar en el lugar correcto. Pasa el tiempo: 12:00, 12:30, 1:00. Solo veo camiones comunes, todos conducidos por hombres. Han pasado 8 urbanos. El autobús exclusivo parece un rumor más que un servicio.

A la 1:11 pm aparece. El camión rosa se mueve distinto, sin el rugido oxidado de los demás. La conductora es una mujer en sus treintas: botas café resistentes, camisa de cuadros, pulsera en ambas muñecas, manos firmes en el volante. Entre semana usa uniforme: una camisa blanca con el logo de la empresa, limpia y bien cuidada. Conduce con una calma que sorprende. Se llama Margarita Valdés Hernández, pero todas la conocen como Maggie. Maneja la ruta Fovissste–Bugambilias Las Trancas, solo hay un camión asignado para ese recorrido. Con esa naturalidad de quien ya está acostumbrada a que las mujeres pregunten por horarios inexistentes en cualquier letrero, Maggie cuenta que su servicio empieza a las 6:08 am con la primera carrera, la segunda es a las 9:00 am, la tercera a la 1:00 pm, y la última a las 5:00 pm. Apenas cuatro vueltas al día para cubrir todo el trayecto. Un servicio limitado para una necesidad enorme. Maggie lleva un año trabajando para la empresa y ocho meses asignada a esta ruta, que recorre como si fuera una extension natural de su vida cotidiana.

Ella no es la única mujer detrás de un volante rosa: Silvia conduce en Campo de Tiro y Zona UV; Nora está asignada a la colonia Veracruz; Bexa recorre Las Higueras; y Fabiola, también del Fovissste, es relevo en la tarde–noche. “Ella es de confianza —dice Maggie— porque cubre la ruta nocturna”, esa franja horaria en la que los peligros crecen y las mujeres suelen viajar con un nudo en el estómago. Todas ellas, cada una en un punto distinto de la ciudad, sostienen un servicio que apenas logra cubrir lo básico.

Dentro del camión, el ambiente cambia de forma inmediata: no es el silencio tenso de otros vehículos, es un ambiente casi doméstico. Una señora viaja con un niño, otra mujer se sienta más atrás. Las pasajeras son de distintas edades, parece que se mueven por necesidad cotidiana y laboral. Xalapa es una ciudad donde más de la mitad de sus habitantes son mujeres y miles de ellas dependen del transporte público para sostener su rutina. La Dirección General de Transporte del Estado y el Servicio Urbano de Xalapa, establecieron que se pueden subir mujeres con hijos menores de 11 años, algo que explica por qué el espacio se siente más familiar.

La ruta avanza sin prisa, no hay golpes del motor, no hay sobresaltos. Los asientos están limpios, nuevos, azules. No hay grafiti. No huele a gasolina. La música suena bajito y se apaga cuando alguien sube. La conductora saluda a todos, frena con cuidado, cede el paso. El viaje se siente amable, casi demasiado amable en comparación con lo que hay afuera.

En la parada de la panadería Providencia hay mucha gente esperando. Se suben dos niñas con su mamá. Dos hombres intentan subir, Maggie les recuerda, sin rudeza pero con firmeza, que “es solo para damas”. Ellos se bajan sin protestar. Pero dice que no siempre es así. Hay hombres que se enojan cuando ella no los deja subir. A veces reclaman, a veces insisten, incluso exigen una explicación. Y pienso en lo revelador que es: en una ciudad donde las mujeres hemos aprendido a pedir permiso para ocupar el espacio, a movernos con discreción para no incomodar, todavía hay quienes consideran injusto que un solo vehículo no esté disponible para ellos. Les molesta quedar fuera, aunque para nosotras quedarse fuera ha sido la regla desde siempre. La idea de exclusión duele cuando les toca. Y mientras pienso en esa contradicción, en esa incomodidad que solo se vuelve visible cuando cambia de destinatario, el olor a pan recién horneado se esparce por el interior del camión: cálido, dulce, casi tranquilizador, como si intentara suavizar un pensamiento que en realidad pesa mucho más que el trayecto mismo.

A la 1:28 pm vamos sobre Ruiz Cortines. Sorprendentemente, no tiene tráfico. Avanzamos entre calles conocidas. Antes de llegar al parque Juárez, en la esquina donde se cruza Miguel Palacios con Ignacio Allende, una señora mayor le hace la parada aunque ahí no corresponde detenerse. Maggie frena y la deja subir con paciencia. Mientras la mujer avanza despacio hacia el asiento más cercano, Maggie comenta que el camión es especialmente tolerante con el adulto mayor: a ella le gusta darles más atención, esperarlos, no arrancar hasta que estén sentados. También menciona que tiene cuidado cuando se suben niñas, porque a veces corren por el pasillo y pueden tropezar. Su forma de manejar no es solo técnica: es un acto de cuidado, una manera de tejer un espacio seguro en una ciudad donde casi nada está pensado para la vulnerabilidad.

A la 1:45 pm pasamos por el parque Juárez, se detiene en la parada de Ignacio Zaragoza, cerca de Las Cuatro Virtudes. No se detiene en la de José Joaquín Herrera e Ignacio Allende porque está en reparación. Maggie solo cambian la ruta cuando la calle está bloqueada; de otro modo, el recorrido se respeta tal cual. Si hay un desvío, se avisa desde un principio, pero siempre es la Dirección de Tránsito quien primero les informa y autoriza cualquier modificación. Mientras avanzamos, pienso en lo fácil que sería que todos los servicios funcionaran así: con paciencia, con atención, con la conciencia de que no todas las pasajeras se mueven al mismo ritmo.

Maggie no solo maneja un camión; sostiene, aunque sea por un tramo, una forma distinta de habitar la ciudad. Es una buena persona, alguien que hace su trabajo con una calma que contagia. Lo noto en los gestos pequeños: en una de las paradas, una pasajera le entregó un pequeño regalo envuelto en papel lila, como quien agradece algo más profundo que un simple traslado. Maggie sonrió con una ternura sincera, una sonrisa amplia, suave, que iluminó por un momento el interior del camión. Me quedé pensando en el gesto de la muchacha; en por qué una pasajera decide agradecer de esa forma un trayecto cotidiano. Quizá porque durante ese viaje se sintió segura, acompañada, menos sola en un sistema de transporte que a veces parece hecho para asustarnos más que para movernos. Muchas pasajeras le comentan a Maggie que aquí se sienten más tranquilas, que prefieren viajar en el camión rosa porque hay quienes no se sienten cómodas con el contacto con los hombres en el transporte público. También viajan niñas y adolescentes que van solas. Las madres confían en este espacio porque lo reconocen como un lugar donde sus hijas no son una excepción, sino parte de una comunidad móvil que se protege. Quizá por eso esta ruta se ha convertido, más que en un servicio, en un pequeño respiro para quienes todos los días salen con la incertidumbre del camino.

Maggie es amable no solo con sus pasajeras. Mientras avanzábamos por la calle principal en Las Trancas, vimos un camión detenido desde hacía un rato. Maggie bajó la velocidad, se emparejó a su lado y le preguntó al conductor, un hombre, si estaba bien, si tenía algún problema, si necesitaba ayuda. Él sonrió, agradeció y dijo que todo estaba bajo control.

A las 2:35 pm llego finalmente a la parada Jacarandas–Emiliano Zapata, una de las pocas con alumbrado, techo y bancas dignas. La de Plaza Américas también es agradable, aunque sin bancas, por lo que la gente se sienta en las jardineras; es, además, una de las paradas más largas que conozco. Las de Providencia y Salvador Díaz Mirón frente al parque Los Berros apenas tienen techo, pero siempre hay bastante gente. 

Cuando me bajo siento una mezcla de alivio y frustración. Todo el recorrido fue seguro, amable, respetuoso pero, para llegar a ese pequeño espacio de respiro tuve que esperar casi dos horas, seguir instrucciones contradictorias, caminar sin certeza y, sobre todo, adaptarme a una ciudad que no piensa en mujeres que se trasladan solas.

El camión exclusivo para mujeres no es una solución, es apenas una tregua: un parche que intenta compensar una estructura entera que sigue siendo hostil. Porque cuando me bajo del autobús rosa vuelvo a caminar entre miradas, vuelvo a sentir el impulso de esconderme bajo una sudadera, vuelvo a ser la misma mujer que se protege como puede.

La ciudad no cambia. Apenas concede respiros momentáneos que terminan costándonos tiempo, energía y calma; una pausa en medio de un problema mucho más profundo. Y mientras exista esa pausa, pero no una solución real, seguiremos moviéndonos entre paréntesis: seguras por ratos, vulnerables casi siempre.

Mientras me alejo del camión rosa, me descubro repitiendo los consejos que escuché desde la primera vez que me subí a un camión sola. Mi mamá insistía: “Guarda el celular al frente”, “Si algo te incomoda, cámbiate de asiento”, “No vayas tan descubierta, ya sabes cómo son las miradas en el transporte”. Yo creía que exageraba, pero hoy, entiendo que esas frases eran su manera de enseñarme a moverme en una ciudad que casi nunca piensa en nosotras. Mientras me ajusto la sudadera, me doy cuenta que sigo recorriendo las calles tal como empecé en la mañana: filtrando mi presencia, intentando que nadie me mire dos veces. Porque la ciudad obliga a las mujeres a elegir entre visibilidad y resguardo, entre moverse libres o moverse con cuidado. Y ahí, entre esas dos orillas, sigo caminando.

“Viaja Segura” comenzó el 25 de octubre de 2021 como un proyecto piloto envuelto en promesas: camiones manejados por mujeres, protección policiaca encubierta, rutas que reducirían el acoso y un horario amplio para cubrir las zonas más transitadas. Durante los primeros meses (finales de 2021 y parte de 2022) las autoridades hablaron de nuevas unidades, más conductoras en capacitación y la intención de expandir el servicio. Pero cuando busco qué quedó realmente de todo aquello, la información se vuelve borrosa. Existe registro de esa primera unidad que tuvo buena recepción, de algunos anuncios sueltos sobre ampliaciones y de menciones a rutas nuevas, pero no encontré datos públicos que permitan saber con claridad qué se cumplió y cómo ha funcionado el programa en la práctica.

El día que tomé el camión rosa, lo más lleno que llegó a estar fue con veinte pasajeras. A pesar de pasar por paradas saturadas, solo subían entre dos y cuatro mujeres por parada. Para dimensionar ese número: un autobús urbano estándar en Xalapa puede transportar entre 60 y 80 pasajeros en total, aunque solo 35 a 45 van sentados. El camión exclusivo para mujeres estaba, en su punto más alto, a un 25–33% de su capacidad real. Esa cifra se vuelve más elocuente cuando se cruza con los datos poblacionales. Según el Censo de Población y Vivienda 2020, Xalapa tiene 488,531 habitantes, de los cuales 53.6% son mujeres, aproximadamente 261,853. Solo tres rangos de edad (15 a 19, 20 a 24 y 25 a 29) reúnen 121,067 habitantes. Ahí hay cerca de 64,892 mujeres jóvenes que forman parte del grupo que más usa transporte público… y también del que más reporta acoso. Con esas cifras, el alcance real del camión rosa resulta mínimo. Aunque no existen datos oficiales, mi experiencia ayuda a poder hacer una lectura: incluso si todas las corridas del día viajaran tan “llenas” como la que tomé, el servicio estaría beneficiando a una fracción diminuta frente a las más de 260 mil mujeres que viven en la ciudad, o frente a las casi 65 mil jóvenes que representan el sector más vulnerable. No porque el proyecto sea inútil, sino porque su escala actual es simbólica frente a la magnitud del problema.

Documentarme para esta crónica fue, en realidad, una prueba de paciencia frente a un vacío informativo: después de los reportes iniciales, casi no hay seguimiento, ni evaluaciones, ni cifras actualizadas. En redes sociales, la percepción es igual de difusa: muchas personas no saben con certeza qué rutas siguen activas, cuántas corridas existen o si el proyecto continúa tal como se prometió.

Y ese silencio importa. Sin datos claros, es difícil saber si “Viaja Segura” se convirtió en una herramienta efectiva o si quedó atrapado en el entusiasmo de sus primeros titulares. También es un recordatorio de algo más amplio: la seguridad de las mujeres no puede depender de promesas que se anuncian una vez y luego se diluyen. Requiere continuidad, transparencia, evaluación y comunicación constante. Si aquel lanzamiento de octubre de 2021 generó expectativas legítimas, hoy es necesario exigir que se informe qué ha avanzado, qué se estancó y qué falta para que trasladarse por la ciudad no sea un acto de resistencia cotidiana. Porque mientras no existan soluciones integrales y sostenidas, los camiones exclusivos seguirán siendo apenas eso: un respiro temporal en medio de un camino que todavía nos obliga a andar con cautela.