Por Héctor González Amador
El feminismo en este país tiene su agenda propia, urgente como pocas; una que grita ni una más, ni una más golpeada, ni una más abusada, ni una más silenciada, ejecutada, explotada, violentada, ni una más desaparecida o torturada, ni una más quemada con ácido o separada de sus hijas e hijos por chantajes económicos, sexuales o familiares. Y si me permite corregir, es la agenda del feminismo en América Latina.
Esa agenda tiene su contraagenda, como pasa con todo: la que está ocupada en conservar los espacios de poder, no solo para hombres, sino donde también tiene cabida las mujeres dispuestas a preservar el pacto patriarcal que sostiene esferas privilegiadas en las que se puede negociar cualquier cosa, de verdad cualquiera. Esos bastiones se sostienen sobre un pacto irrompible, uno que trasciende siglas partidistas, posiciones políticas o ideologías. Quienes gozan del pacto están dispuestos/dispuestas a tragar lumbre antes de traicionarlo.
Estructurar un movimiento social o político supone eso, aguantar los chingadazos cuando lo que está en riesgo amenace lo pactado. ¿Acaso no se puede replicar la estructura para cualquier otro fin?, ¿debe el feminismo plantearse abiertamente como un fin último que permita dar saltos y no solo como un atajo?
¿Para qué le sirve a las mujeres mexicanas tener mayoría en la Cámara de Diputadas, sin organización? La LXVI Legislatura presumió su integración con mayoría femenina, pero lo que de verdad cambiaría las reglas del juego sería formar un pacto feminista. Pagaría por ver cómo ponen contra la pared, de entrada, las iniciativas que requieran mayoría simple y cómo condicionan las de mayoría calificada para cualquier fuerza política.
¿Cuándo si no ahora?, ¿quiénes si no las que tienen fuero, sueldo y mayoría?
Como nunca, a la agenda feminista le urge hacer valer sus números y, como lo hicieron las sufragistas, desobedecer a los poderosos dentro de sus cúpulas partidistas; aunque claro, eso implica abandonar posiciones cómodas de poder para impulsar cambios constitucionales como fin último e imponerse, pero sobre todo, superar las brechas para fortalecer las coincidencias.
Ya lo dijo Sabina Berman, desaforar a Cuauhtémoc Blanco era históricamente más importante que llenar dos zócalos. Aún hoy, cuando es «tiempo de mujeres», deberíamos tener claro de cuáles mujeres se trata. Lo que ocurrió ayer en la Cámara de Diputadas es la muestra de que tener mujeres en espacios de toma de decisiones no garantiza avance feminista.
La clase política mandó un mensaje claro: no importa lo que dijimos, si la candidata que fueron arriesga la diputada que son, están dispuestas a vender hasta a su propia madre.