Por Rodrigo Hipólito Grajeda/fotografías cortesía de Óscar Martínez.- Un café frappé. Leche entera. Crema batida. Un toque de canela. La mesa de una cafetería en la avenida Maestros Veracruzanos de la ciudad de Xalapa parece el escenario menos probable para hablar de balaceras, persecuciones y sobrevivencia. Frente a mí con una postura relajada y recargándose sobre el barandal de la terraza, Óscar Martínez toma su frappé. Es el director de fotografía y fundador de AVC Noticias, un hombre al que la lente le enseñó a mirar la violencia a la cara. De formación es artista plástico, pero el asfalto le arrebató el óleo para entregarle una cámara.
Para entender el peso de lo que vino después, hay que ponerle dimensiones a la tragedia. Durante el mandato de Javier Duarte (2010-2016), Veracruz se convirtió en la región más letal del mundo para ejercer el periodismo, superando a países en guerra declarada como Siria e Irak. Fueron años donde la línea entre el crimen organizado y las fuerzas del orden se desdibujó por completo. Con al menos dieciocho periodistas asesinados, decenas de exiliados y un clima de impunidad casi absoluta, tomar una cámara en Veracruz dejó de ser un oficio de documentación para convertirse en un acto de resistencia.
En el imaginario colectivo, el infierno veracruzano tiene un solo arquitecto: Javier Duarte. Sin embargo, Óscar desarma esa teoría con la naturalidad de quien estuvo ahí, caminando las calles antes de que se tiñeran de rojo. «Fidel Herrera le abrió la puerta a eso», sentencia, refiriéndose a la entrada del crimen organizado al estado. El contraste es brutal. Óscar recuerda una Xalapa donde los jóvenes caminaban de madrugada al salir de la discoteca sin la necesidad de mirar sobre el hombro. «Un veracruzano, antes de Fidel, no sabía lo que era un levantón».
Luego llegó el fuego. Y con él, una falsa sensación de invulnerabilidad. Óscar y su equipo corrían a cubrir los primeros enfrentamientos armados, sin chalecos, sin protocolos, empujados por la inercia de la nota. «Tomabas fotos como si fueras invencible, de hule», recuerda. Pero el hule se rompió. La muerte dejó de ser una novedad en las portadas para convertirse en una guillotina sobre la redacción. Desaparecía un compañero. Marchaban. Aparecía asesinado. Volvían a marchar exigiendo justicia. El ciclo se repitió hasta acumular libretas vacías y cámaras apagadas. Óscar hace una pausa, reflejando el agotamiento de aquellos años: «Después de diez compañeros dices: oye, algo estoy haciendo mal, porque no sirve de nada salir a las calles a manifestarse».

La plática pesa. Hay un nombre que flota entre nosotros desde que encendí la grabadora: Rubén Espinosa. Rubén era el fotoperiodista de la revista Proceso y de la agencia “Cuartoscuro”, también colaboraba con AVC Noticas bajo el mandato de Oscar. Huyó de Veracruz tras recibir amenazas de muerte por documentar protestas de estudiantes y madres buscadoras en la capital veracruzana. Su asesinato en 2015, dentro de un departamento en la colonia Narvarte de la Ciudad de México, destrozó la ilusión de que la capital del país era un refugio seguro para la prensa exiliada, convirtiéndolo en el rostro nacional de la impunidad. Bajo mi inexperiencia y sin poder contener más el comentario, le comparto a Óscar que fue precisamente el caso de Rubén el que me empujó a dimensionar la crudeza de esta profesión; para mí, su historia es un referente histórico ineludible para entender la violencia contra la prensa en el estado. Óscar me escucha, pero en sus ojos no hay un mártir; hay un amigo. Un compañero de redacción que, asfixiado por el terror, cometió errores tácticos, como exponer su ubicación exacta en una entrevista cuando ya tenía una amenaza letal a sus espaldas.
El dolor de esa pérdida en el equipo de AVC no es poético, es puramente visceral. Óscar me abre la puerta al abismo psicológico de aquellos días en los que sobrevivir parecía un castigo: «Entré en una depresión muy cabrona… me despertaba y decía: chingada madre, ¿por qué me desperté?».
A pesar de la paranoia y el luto, la lente nunca se guardó. Óscar recuerda la madrugada de un desalojo sumamente violento en Plaza Lerdo. El miedo paralizaba a la redacción entera, pero Rubén soltó la frase que ancló a Óscar al periodismo veracruzano de forma definitiva. En medio de la oscuridad y la incertidumbre cuando se planteaban la idea de pausar el noticiero por un tiempo, Rubén le dijo: «Si nos vamos, güey, ¿quién va a tomar fotos? ¿Quién lo va a documentar? ¿Quién le va a decir a la gente?».
Hoy, los rostros en el poder han cambiado. Ya no están ni Duarte, ni Fidel. Pero para Óscar, que sigue bajando a las barrancas con las madres buscadoras para fotografiar restos óseos, la censura simplemente se puso corbata. Observa cómo los políticos que orquestaron la represión cambiaron de partido y cómo el silencio se impone mediante mecanismos menos ruidosos, pero igual de efectivos. «Aparentemente bajó el tema», advierte, recordando coberturas recientes sobre los derrames ecológicos por fracking en Papantla. «Pero hay carreteras donde de plano te dicen: no te metas por ahí». El toque de queda no está escrito en ningún documento oficial, pero se respeta a rajatabla.
Los cafés se han terminado. Apago la grabación. Antes de despedirnos, hablando sobre cámaras, concursos y tragedias, llegó a la mesa esta frase romántica que los periodistas usan cuando la opresión se siente presente:»No se mata la verdad matando periodistas».
Óscar me mira de frente y niega con la cabeza, destruyendo el mito con la frialdad absoluta que solo otorga la experiencia:
«Yo creo que sí se mata la verdad… porque si no hay quien tome fotografías; si no hay quien informe, imagínate qué sería».



