La Navidad es uno de los festejos más difundidos a nivel mundial. Su origen está vinculado con el cristianismo, pero ha evolucionado a lo largo de los siglos hasta convertirse en un fenómeno cultural que toma formas muy diferentes dependiendo del contexto geográfico, social e histórico.
Los árboles decorados, las cenas en familia y los intercambios de regalos son imágenes muy familiares; sin embargo, si se examinan con más atención, se percatarán de que tras estas escenas que parecen tan homogéneas existen prácticas que resultan tan sorprendentes como reveladoras.
En algunos países, las costumbres navideñas mantienen rituales centenarios relacionados con el folclore de la región; en otras, han surgido a partir de estrategias comerciales, adaptaciones del clima o reinterpretaciones contemporáneas de la celebración. Desde Europa hasta Asia, pasando por América Latina y Oceanía, la Navidad se celebra con personajes inquietantes, comidas inusuales y costumbres que desafían cualquier idea preconcebida de lo “típico”.

Figuras que vigilan, castigan o acompañan la Navidad
En el centro y norte de Europa, la Navidad no siempre está asociada exclusivamente con figuras amables y dulces. El Krampus forma parte del imaginario colectivo de la cultura popular en Hungría, Alemania y Austria. Este personaje, caracterizado como un ser demoníaco con cuernos retorcidos, pezuñas, pelaje oscuro y un largo látigo de mimbre, actuando como el contrapunto de San Nicolás al castigar a los niños que han sido traviesos durante el año. De acuerdo con la costumbre, el Krampus intimida a los niños o incluso los amenaza con llevárselos si no se comportan, mientras que San Nicolás les otorga regalos y dulces como recompensa por ser obedientes. Cada 5 de diciembre, durante el Krampusnacht, cientos de personas se disfrazan y recorren ciudades y pueblos en procesiones que mezclan diversión, miedo y teatralidad. Las luces parpadeantes, los sonidos de cadenas y campanas, y los gritos festivos crean un ambiente en el que se entremezclan lo lúdico y lo ancestral. Se evoca así que la Navidad en esta región puede ser tanto una celebración como una advertencia, y que el folclore todavía tiene su poder para impartir enseñanzas sobre la conducta y la responsabilidad.
Italia, en cambio, tiene a la Befana, una anciana con el aspecto de una bruja que va a las casas durante la noche del 5 de enero, víspera de la Epifanía. Cuenta la leyenda que la Befana va a las casas de los niños y premia a aquellos que han sido buenos con pequeñas obsequios, frutas y dulces; en cambio, deja carbón a los más traviesos como símbolo de castigo. A la Befana no se le dejan galletas ni leche; en su lugar, las familias le proporcionan platos de sopa caliente, naranjas mandarinas, frutas secas o una copa de vino. Esto varía dependiendo de la región y es un signo de respeto y hospitalidad. Asimismo, numerosas ciudades italianas llevan a cabo mercados y ferias navideñas en las que se comercializan adornos, dulces típicos y figuras de la Befana. Esto reafirma su presencia en la vida diaria y hace que los niños aguarden con alegría su llegada, incluso cuando ya son adultos.

En Gales, el ritual del Mari Lwyd convierte los villancicos en una singular disputa verbal. Grupos recorren las casas acompañados de una figura que porta un cráneo de caballo decorado con cintas y campanillas, montado sobre un marco cubierto de tela blanca que simula el cuerpo del animal. Los participantes cantan canciones tradicionales al llegar a cada vivienda y comienza un duelo en el que los anfitriones deben contestar con versos ingeniosos o rimas para poder «competir» con las provocaciones del grupo. Solo cuando se completa este intercambio de ingenio y humor, se les permite entrar y compartir comida, bebida o pequeños regalos, consolidando así la tradición como un juego social que mezcla ingenio, creatividad y cohesión comunitaria. El Mari Lwyd es, además de un espectáculo atractivo y algo perturbador, un recordatorio de que la Navidad puede ser una oportunidad para consolidar vínculos, disfrutar y festejar la cultura y el idioma locales.
Islandia sobresale por tener una mitología navideña excepcionalmente singular y rica. En ese lugar, la cuenta regresiva hacia Navidad no está a cargo de un solo Papá Noel, sino de los Jólasveinar o Yule Lads, que son trece personajes pícaros que van a ver a los niños durante los trece días anteriores a la Navidad y dejan dulces o castigos dependiendo de cómo se hayan comportado. Los niños ponen un zapato en la ventana todas las noches, con la esperanza de obtener dulces si han sido buenos o, de lo contrario, una patata para indicar desaprobación.

Estos trece hermanos muestran viejos temores, costumbres rurales y escenas del día a día: Stekkjastaur, con sus piernas de palo, merodea los establos (12 dic); Giljagaur roba leche (13 dic); Stúfur, el más pequeño, se apodera de sartenes (14 dic); Þvörusleikir lame cucharas de madera (15 dic); Pottaskefill limpia ollas (16 dic); Askasleikir se esconde bajo las camas para robar comida (17 dic); Hurðaskellir disfruta dando portazos nocturnos (18 dic); Skyrgámur es adicto al skyr (19 dic); Bjúgnakrækir cuelga de las vigas para alcanzar salchichas (20 dic); Gluggagægir espía por las ventanas (21 dic); Gáttaþefur detecta el pan navideño a gran distancia (22 dic); Ketkrókur utiliza un gancho para robar carne (23 dic), y Kertasníkir, el último en llegar, se apropia de las velas (24 dic). Detrás de estas figuras se encuentra Grýla, una ogresa temida por devorar a los niños que desobedecen, su esposo Leppalúði, perezoso y vago, y la Jólakötturinn, un gato gigante vinculado con la obligación de estrenar ropa nueva en Navidad son las figuras que hay detrás de estas.

A este imaginario se suma el Jólabókaflóð, o “inundación de libros navideños”, una tradición que consiste en obsequiar libros el 24 de diciembre por la noche y pasar la velada con chocolate caliente y leyendo. La tradición, que nació en la Segunda Guerra Mundial cuando el intercambio de libros se convirtió en el regalo principal debido a la falta de bienes materiales, ha perdurado por la profunda conexión entre la sociedad de Islandia y la lectura. Participar en este ritual conlleva una Navidad caracterizada por la tranquilidad, el análisis interno y la importancia de la cultura escrita, alejado del ruido del comercio que predomina en otras festividades.

Comidas, símbolos y celebraciones que definen identidades
La gastronomía está estrechamente vinculada con algunas costumbres navideñas. En Groenlandia, la cena puede contener mattak (piel de ballena cruda) o kiviak (un alimento fermentado que desafía la gastronomía occidental). En la cena de Nochebuena de Portugal, la costumbre de «la consoda» consiste en recordar a los parientes que han muerto al añadir más espacios en la mesa. En el Reino Unido, los crackers navideños contribuyen con juegos, coronas de papel y pequeños estallidos a la mesa festiva; en Irlanda, en cambio, se deja para Santa Claus un poco de whisky o cerveza. La cocina navideña en Australia también se ajusta a las altas temperaturas. En la parrilla se preparan mariscos como camarones, pescado y langosta, los cuales están acompañados por versiones asadas del pavo tradicional. La Pavlova es el postre más característico: un merengue que es crujiente por fuera y tierno por dentro, con una cobertura de frutas frescas y crema; perfecto para el clima cálido. En contraste con las cenas formales en interiores, la festividad australiana prefiere lo informal, el aire libre y la compañía tranquila.

Suecia conserva la representación de la cabra de Yule (Julbock), uno de los emblemas más antiguos de la Navidad escandinava. Al principio, esta cabra era considerada como un espíritu de los antepasados que se manifestaba antes de la temporada festiva para asegurarse de que los rituales se llevaran a cabo adecuadamente y el orden en la comunidad permaneciera. A lo largo de los siglos, la figura fue cambiando hasta que llegó a desempeñar el rol de portadora de presentes, pero luego este papel sería asumido por Papá Noel. No obstante, su presencia nunca dejó de estar presente en el imaginario colectivo. En la actualidad, los árboles y las casas de toda Escandinavia se embellecen con pequeñas cabras de paja adornadas con cintas rojas, como emblema de protección y suerte.
Esta tradición alcanza su expresión más visible en la ciudad de Gävle, donde desde 1966 se construye la famosa Gävlebocken, una enorme cabra de paja con luces que se ha vuelto un atractivo turístico a nivel mundial, esta tradición tiene su máxima expresión. La cabra es reconocida por su tamaño y por los reiterados intentos vandálicos de ser incendiada; por eso, es custodiada con vigilancia continua y cámaras, lo que hace que su protección sea un ritual moderno que mezcla humor, costumbres populares y una manera específica de festejar la Navidad sueca.
La Cavalcade of Lights, un desfile luminoso que convierte el espacio público en una escena navideña por varias semanas, marca el comienzo de la temporada en Canadá. En la plaza Nathan Phillips, el tercer domingo de noviembre, la ciudad capital de Canadá da inicio oficialmente a la Navidad con un desfile luminoso que incluye más de 525 000 luces LED, música en vivo y una pista de patinaje iluminada. Además, se exhibe un árbol navideño majestuoso. La actividad finaliza con una demostración de fuegos artificiales que atrae a miles de personas. Pensado inicialmente como una fiesta de una noche, su gran popularidad hizo que las autoridades decidieran, a partir de 2002, ampliar la colocación de luces a lo largo de un mes entero.




