Por Joana Cruz
El trabajo de Luis Arturo Acosta Rodríguez consiste en confrontar a las personas con el otro. A través de la literatura, el joven tallerista invita a los participantes a explorar otras formas de vida, situando el concepto de otredad como el eje central de sus talleres de análisis literario y de sensibilización sobre la discapacidad visual.
Vestido con mezclilla y una chamarra delgada e impermeable, Arturo llega puntual a la cita que acordamos. Camina del brazo de su esposa, Mireya Hernández, una persona con discapacidad visual. Ambos me saludan con un abrazo alegre cuando nos encontramos en la puerta de la Facultad de Humanidades de la Universidad Veracruzana, su alma mater y donde se conocieron cuando cursaban la licenciatura de Lengua y Literatura Hispánica.
Desde el 2023, han impartido talleres literarios con un enfoque humanista, además de capacitaciones sobre discapacidad visual en instituciones públicas y privadas, lo cual les dio el Premio Estatal de la Juventud en este año.

Entramos a una cafetería. Los brazos de Arturo y Mireya continúan sosteniéndose mutuamente hasta llegar casi al fondo del lugar, a la mesa en la que tomamos asiento. El joven lee en voz alta el menú para Mireya. Ellos, para muchos, podrían ser el otro del que tanto habla Arturo en sus talleres.
El trabajo de Arturo y Mireya, en tanto al fomento a la lectura, inició cuando aún eran estudiantes. Se preguntaron “¿Qué hace una persona que estudia literatura?”. La respuesta fue obvia: “Va y les dice a otras personas que lean”.
Entonces, Mireya tuvo la idea de apelar a la comunidad de ciegos, una comunidad importante en Whatsapp y grupos de Facebook en Veracruz. A partir de allí surgieron más proyectos, abiertos a todos los públicos que mostrasen interés. Las sesiones están a cargo de Arturo, y Mireya puntualiza en los aspectos que no quedan del todo claros o en caso de haber una persona con discapacidad visual.
El proyecto fue motivado, en gran medida, por un disgusto personal de Arturo con la Facultad de Letras de la UV. Comenta que, en los salones de clase, entre literatos y doctores en literatura no hay espacio para la conexión emocional con las obras literarias. Entender un texto literario desde la emotividad es una habilidad que en los modelos teóricos se minimiza y se cataloga como el escalón más básico de la comprensión lectora. “Para mí eso era una porquería”, precisa mientras se le escapa una risa sarcástica, que deja entre ver su molestia con la academia. “La idea de decir, ‘yo me rompí junto con el personaje del libro’ es sumamente valiosa y se discrimina en las propuestas teóricas de las competencias analíticas”.

Para Arturo, la literatura tiene un poder transformador, funcional solo sí se acoge la emotividad y se toma un papel activo de análisis. “Las obras literarias tienen la facultad de mostrarle al yo representaciones de lo otro, y de vivir esas experiencias de manera simulada, a partir de allí hacer ejercicios de sensibilización”.
En su último taller de literatura, que fue también su proyecto de investigación para recibirse de la Especialización de Promoción de la Lectura de la Universidad Veracruzana este 2025, Arturo encaminó sus esfuerzos a la exploración y desarrollo de habilidades como la empatía y la sensibilización en jóvenes universitarios de Xalapa y Mérida.
Rostros de lo infinito fue un taller impartido semanalmente en el último tercio del 2024 e inicios del 2025. Las sesiones consistieron en la lectura de cuentos con protagonistas que representan lo otro. A partir de ellos se abrió espacio a reflexiones sociales y políticas, que pretendían que los jóvenes se entendieran a sí mismos, en su cotidianidad, como actores importantes para reforzar líneas de resistencia con impacto individual, comunitario y estructural.
Su trabajo de investigación culminó frente al jurado el primero de septiembre. “Las preguntas fueron, para un examen de posgrado, bastante cálidas”, bromea. “Pero, sobre todo, me llevo una experiencia muy hermosa por haber podido generar una comunidad, una comunidad lectora. Actualmente es muy difícil hacer que una persona lea, que lea por gusto, y que se quede para comentar lo que lee”.
A lo largo de las sesiones Arturo notó que, inclusive, el registro lingüístico de los participantes cambió: “En el primer encuentro todos fueron muy tímidos, pero en las últimas sesiones, de pronto, todos hablábamos el mismo idioma. Todo el mundo sabía que era otredad. Ingenieros utilizando esa palabra ¡es fantástico!”, exclama con entusiasmo, divertido por la peculiaridad del hecho.
Le pregunto entonces cómo es que en la actualidad se ve la deshumanización y la exclusión, “¿quién es el otro?”, y él, recurre al concepto de taxidermia del otro. “Es un concepto que me parece sumamente cruel. Una metáfora no sé si muy buena o muy mala. La taxidermia del otro es no dejar que ese otro se mueva a partir de prejuicios, de ciertas determinaciones sociales, de dejarlo allí, únicamente entre lo que el yo considera que el otro puede o no puede hacer. La política actual se ha basado en imponer la subjetividad del observador al observado”.
En su papel de activista, Arturo dice: “la exclusión tiene muchas formas y tiene muchos rostros y muchas maneras de manifestación”. Al hablar mueve las manos con efusividad, construyendo con ellas las ideas que salen pausadas de su boca, oraciones reflexionadas e interiorizadas. Ha pensado en esta respuesta con anterioridad.

“Yo lo simplifico en que el cuerpo se lee (entendiendo cuerpo como el conjunto de todo nuestro ser: el físico, el idioma, las creencias religiosas, políticas y personales, las formas de movernos, los gestos), y se lee desde diferentes perspectivas, con diversos instrumentos y con una multitud de finalidades. A partir de esa lectura es que hacemos divisiones o marcaciones que separan al normal del anormal, al loco del no loco, al enfermo del sano, al discapacitado del no discapacitado…”. Se detiene allí y ríe con ironía. “Curiosamente no hay una palabra para decir no discapacitado”. Entonces a Mireya también se le escapa una risa reticente.
Arturo continúa: “todo aquello que pueda ser leído y jerarquizado forma parte de las estructuras y de los sistemas de deshumanización. A partir de cómo se lea tu cuerpo y tus acciones, es que se va a delimitar de una manera coercitiva dónde puedes estar, de qué puedes hablar, con quiénes puedes juntarte, a qué espacios puedes ingresar, cómo puedes expresarte, de qué manera puedes aprender, a qué derechos puedes acceder y qué ejercicios de poder se pueden aplicar en ti”.
“¿Por qué haces este trabajo?” le pregunto a Arturo, que se lo piensa un momento. “Yo diría que es por ser testigo de una transformación y saber que yo tuve al menos cierta participación en ello”.
“En los círculos literarios te puedes desenvolver, y el texto se vuelve solo una excusa, o la base de una conversación muchísimo más profunda, que tiene que ver con tu vida personal, que tiene que ver con qué te duele. Abordamos qué aspecto de ti hirió el texto, y de pronto comentarlo, y saber que también a otra persona le dolió, es fantástico”. En este sentido, es innegable que la literatura les ha permitido generar espacios en los que se elimina la taxidermia, en los que se le permite al otro moverse.
Realizar esta tarea suena, para quienes miran desde fuera, gratificante. Y en esencia, lo es. No obstante, en palabras del propio Arturo, también es una “friega”. Lograr la reflexión en una sola persona y que ello les retribuya dinero para vivir, es complicado. “Como humanistas muchas veces nos toca malabarear con lo que tenemos, con lo que nos dan permiso y con lo que hay. Nosotros estábamos haciendo promoción de lectura, talleres de sensibilización y trabajo como docentes todo al mismo tiempo. Y hasta lo complementamos con un changarro”.
Arturo, particularmente, sustenta sus gastos con la beca CONACYT y del costo de recuperación de los talleres que imparten. De otra manera sería “imposible”. Al cuestionarle sobre las facilidades que le brindan las instituciones para impartir sus talleres, Arturo ríe consciente de la situación. “Todo el mundo quiere colgarse la medallita de la inclusión, la formación y la capacitación, hasta que hay que pagar.” La academia está cada vez más interesada en proyectos que tienen que ver con lectura y sensibilización: “actualmente no veo ningún proyecto que pueda ser exitoso discriminando lo social, político y cultural”. Pero, por otra parte, las instituciones, siempre buscan lo que es gratis. El interés existe, pero está marcado por temas de presupuesto, corrupción y políticas partidistas. Además, no todos están dispuestos a ceder horas de trabajo a capacitaciones que los trabajadores podrían no recibir con gusto.
“Nosotros hemos encontrado que los trabajadores sí que están abiertos e inclusive piden más de este tipo de congresos, de talleres, de cursos. Pero al final todo recae en el dinero”. Arturo se encoge de hombros. No hay más que ellos puedan hacer.
Para “no perder lo que puede y debe significar el acceso a la lectura y a la lectoescritura”, Arturo y Mireya están próximos a impartir el “Taller Introducción al Sistema Braille Integral: Literacidad del Cuerpo y Técnicas Sensoriales de la Autonomía” de la mano de la Universidad Veracruzana. Este es, el primer taller de braille impartido en la Facultad de Humanidades. Además, a futuro quieren formalizarse como un colectivo o asociarse a una institución que los respalde. “No tenemos un nombre, no somos un colectivo, somos Mireya y Arturo” afirma él. E incluso así, solo siendo “Mireya y Arturo” han construido una comunidad de lectores con impacto social, de personas que se atreven a expandir su horizonte y a mirar al “otro” como lo que es, un ser humano.





