Por Daviel Reyes González.- Un niño en la comunidad de Coyolillo graba con su celular a sus pollitos y sus vacas. Dice cómo se llaman los animales, qué comen y a qué hora les da de comer. Detalles que para un adulto distraído serían ruido de fondo, o, en el mejor de los casos, material etnográfico para un científico social, para él son una suerte de inventario afectivo del mundo. El chico realizó esos ejercicios en un taller virtual que Nataly Perusquia impartió durante la pandemia. Al principio sólo parecía mostrar a sus animales; luego empezó a contarnos las tradiciones de su comunidad, la fiesta que vendría, el puerquito que sería parte de la comida. Y entonces ya no nada más era el pollito, ese pollito era parte de un contexto sociocultural, me cuenta Nataly.

Un niño que graba a sus pollitos y sus vacas para compartir la forma en que vive su comunidad es la escena perfecta para entender qué ha estado haciendo, los últimos diez años, el Festival de Cine Infantil Oftálmica.

Y es que durante buena parte de la historia, la infancia fue pensada como una etapa incompleta de la vida adulta. Primero fue una boca más que alimentar, ayuda temprana en la casa o en el campo, aprendiz de oficio, promesa de linaje o una fuerza que había que disciplinar antes de que se desviara. Ya con la modernidad, ese lugar empezó a modificarse. Alrededor de los niños se levantó una arquitectura de protección; sea escuela, pedagogía, medicina, legislación laboral, o discurso de los derechos. La niñez dejó de valer por lo que podía producir y comenzó a ser considerada invaluable por aquello que representaba; sea futuro, inocencia, pureza, esperanza. Pero ese ascenso tuvo una zona ciega. Porque convertir a la infancia en objeto de protección no significó, necesariamente, reconocerla como sujeto de palabra. Y aunque durante mucho tiempo se habló por los niños, sobre los niños, y en nombre de los niños; pocas veces se aceptó que también podían mirar, narrar, contradecir y ordenar el mundo desde una lógica propia.

Ahí está el germen del Festival de Cine Infantil Oftálmica.

Nataly Perusquia, fundadora del festival, dice que le parecía casi un juego, con un fin de semana en el Ágora de la Ciudad, dos talleres alrededor del recinto y una actividad para niñas y niños que querían aprender a hacer cine con su celular. Luego crecieron hasta convertirse en una ruta de varios días por municipio, ya han visitado más de quince con talleres, funciones, formación audiovisual, cuidados digitales y nuevas tecnologías.

Lo primero que le dijeron cuando inició fue, lo recuerda bien, “los niños no hacen cine”. Tal consigna pudo debilitar su voluntad pero terminó sirviendo a modo de brújula. Señalaba exactamente la idea que había que desmontar. Luego pasó, sin que lo sintiera, una década. Acaba de titularse en Pedagogía y ahora puede nombrar con precisión lo que durante años hizo por intuición: pedagogías audiovisuales con infancias.

Cuando le pregunto por la mirada infantil, Nataly se detiene en una palabra. Infantil. Habría que quitarla, reflexiona, porque la forma de nombrarlos también revela la forma en que aceptamos, o no, su mirada. A veces se piensa que no entienden, que si un niño juega en la sala no escucha lo que los adultos hablan en la mesa, no capta la noticia que suena en la radio, o no entiende la violencia que azota la colonia. A los niños no se les puede esconder absolutamente nada, concluye.

La experiencia de años le ha mostrado que las infancias responden a su contexto. En el sur, ha observado, los trabajos suelen ser más políticos. Han llegado historias que narran cómo los policías vienen y queman tu escuela, y entonces en la comunidad ya no hay escuela para estudiar. En otros lugares aparecen los animales, libros, la basura, ovnis, el río. Uno de los primeros temas que recuerda es el de muerte, las infancias se preguntan por qué los adultos no les dicen la verdad, por qué les esconden la enfermedad del abuelo, la despedida o la ausencia. La mirada que ofrecen es una situada. Un niño de ocho años no mira como un adulto en miniatura; mira como una persona de ocho años que tiene preguntas y una forma propia de ordenar el mundo.

Perusquia dice que a veces no somos los adultos que los niños necesitan.

Tiene razón.

Por eso Oftálmica no ha dejado de aprender. Porque lo que antes podía resolverse con una película “para niños” ahora exige preguntas más serias. ¿Qué ven las infancias, qué producen, qué riesgos trae una pantalla? ¿Qué ocurre cuando, durante un taller, aparece una señal de violencia?, ¿quién acompaña a esa niña o a ese niño, a qué institución avisar, qué protocolo se activa?

Alguna vez, durante una conferencia que ofrecía en la Universidad Anáhuac Veracruz campus Xalapa, escuché a Nataly decirle a mis estudiantes que la madurez de un proyecto también podía medirse por el tamaño, y acaso por la modestia, de sus hojas de Excel. La frase fue tomada, por muchos, como una broma. Se lo pregunté durante esta entrevista, si el festival, de algún modo, se había vuelto adulto. Respondió que sí. Pero no habló de Oftálmica como quien habla de algo separado de su vida. En diez años, el festival creció con ella, y, a su manera, también la hizo madurar. Prueba de eso, por ejemplo, es el desarrollo de un protocolo de atención a violencias contra infancias, con marco jurídico y líneas de acción especificas; y otro, en proceso, para la seguridad en el entorno digital. Otro signo de adultez aparece cuando le pregunto por el futuro, y es que tienen el rumbo muy claro, el siguiente paso es el de la asociación civil.

Perusquia asegura que la versión de sí misma de hace diez años se habría negado. Habría dicho que no hacía falta. Habría apostado por mantener el proyecto independiente. Ahora piensa distinto. No porque haya abandonado el brío de la juventud, les aseguro que no; sino porque entendió que cuidar el proyecto implica, también, darle cimientos, figura legal y estabilidad. Se trata de garantizar que el Festival de Cine Infantil Oftálmica pueda existir para quienes vienen detrás. Para el equipo, para las niñas, los niños y los adolescentes, para los aliados y voluntarios. Para ese niño de Coyolillo, que sigue grabando, a su modo y con lo que tiene cerca; y que, como tantos otros creadores veracruzanos, no necesita que alguien le confirme si eso que hace también es cine.