VILLANCICOS: DEL CANTO POPULAR A LA TRADICIÓN UNIVERSAL DE LA NAVIDAD

La Navidad es, sin duda, una de las festividades más importantes del cristianismo, ya que conmemora el nacimiento de Jesucristo en Belén. Sin embargo, con el paso del tiempo, esta celebración ha superado su carácter estrictamente religioso y se ha transformado en una época fuertemente relacionada con los valores universales como la unión familiar, la amistad, la solidaridad y la felicidad compartida. Dentro de este ambiente festivo, existe un elemento que acompaña de manera constante cada diciembre: la música, y específicamente, los villancicos. Éstas son las melodías que llenan las calles, los centros comerciales, las casas, las escuelas, las iglesias y las fiestas populares.

Aunque hoy en día son inseparables de la Navidad, pocas personas se toman un momento para reflexionar sobre el verdadero origen de los villancicos, su evolución a lo largo del tiempo y el extenso trayecto cultural que siguieron antes de llegar a ser el símbolo sonoro de las celebraciones navideñas.

El origen popular del villancico

Los villancicos provienen esencialmente de la cultura popular. La mayoría de los historiadores afirman que se originaron en la península ibérica, sobre todo en España y Portugal, entre los siglos XV y XVII, aunque sus antecedentes se remontan incluso a la Edad Media en Europa. Etimológicamente, la palabra villancico deriva de villa y del latín villanus, que era el nombre que se daba a los pobladores de las villas o zonas rurales, para distinguirlos de la nobleza o los hidalgos.

Los villancicos, en sus primeras presentaciones, no estaban vinculados ni con la religión ni con la Navidad. Eran cantos de la gente del pueblo, que consistían en composiciones breves y simples con una estructura rítmica pegajosa. Su propósito era narrar sucesos diarios: historias de amor y desamor, noticias locales, eventos significativos, añoranzas de la patria e incluso defunciones. Muchas veces eran interpretadas por un solista y, en ocasiones, acompañadas de instrumentos sencillos. Estas cancioncillas funcionaban como una forma musical de anunciar lo que sucedía en los pueblos, atrayendo la atención de la comunidad.

El villancico, junto con las jarchas mozárabes y las cantigas, fue uno de los tres géneros líricos populares más importantes en el contexto musical y literario. La estructura de su obra se caracterizaba por intercalar estrofas y estribillos, utilizando esquemas métricos que hacían más fácil la repetición en grupo y la memorización.

Del canto profano a la música religiosa

Fue hacia el siglo XVI cuando las autoridades eclesiásticas empezaron a notar el villancico como una herramienta de evangelización. La Iglesia entendió que estas melodías populares, que el pueblo podía recordar y cantar con facilidad, podían ser más eficaces para comunicar el mensaje cristiano que los textos litúrgicos convencionales.

De este modo, se reemplazaron numerosas letras profanas por textos sagrados, en un proceso llamado contrafactum, que indicaba “cántese al son de” alguna melodía popular conocida. Desde ese momento, los villancicos empezaron a incluir asuntos de la Biblia, en particular los que estaban vinculados con el nacimiento de la Virgen María, Jesús, los Reyes Magos y los pastores.

Durante los siglos XVII y XVIII, el villancico alcanzó una notable sofisticación musical. Se sumaron voces, coros, solistas e instrumentos más elaborados como el violón, el órgano y el arpa. En algunos casos, estas composiciones incorporaron representaciones escénicas, transformándose en pequeñas obras de teatro dentro de los templos. Sin embargo, esta naturaleza teatral provocó que sectores religiosos más conservadores criticaran a los villancicos porque pensaban que desviaban la atención de los creyentes de la devoción religiosa.

A finales del siglo XVIII, una gran cantidad de villancicos empezaron a mezclarse con otros estilos musicales populares, como la tonadilla y la zarzuela, lo que marcó una nueva etapa en su evolución.

Los villancicos y la música culta

Aunque nació en un ámbito popular, el villancico rápidamente fue incorporado a la música culta europea.  Grandes compositores integraron este género en sus obras, elevándolo a un nivel artístico mayor. Oratorio de Navidad de Johann Sebastian Bach, compuesto en 1734, y el famoso Aleluya de Georg Friedrich Händel, perteneciente a El Mesías, estrenado en 1742, son ejemplos representativos.

A este repertorio se agregan obras esenciales como Adeste Fideles, Gloria in Excelsis Deo, Joy to the World de Isaac Watts y Jesús, alegría de los hombres. Estas piezas continúan presentes en los conciertos decembrinos a nivel mundial y demuestran cómo el villancico pudo superar el entorno popular sin renunciar a su carácter festivo.

La expansión del villancico en América y México

El villancico se difundió en América a partir el siglo XVII, que es cuando tuvo lugar la época colonial. Este género halló un ambiente propicio para su desarrollo en el México novohispano, fusionándose con las costumbres locales e incluso con los idiomas indígenas. Se estima que Hoy nació el Redentor del mundo, un villancico del siglo XV proveniente de España, fue uno de los primeros en México.

Se distinguen personajes cruciales como Sor Juana Inés de la Cruz, que escribió villancicos en náhuatl, y Gaspar Fernández, creador del famoso Xicochi Conetzintle, considerado el villancico en náhuatl  más antiguo que se conserva. Miguel de Sumaya, compositor de Albricias mortales y Angélicas milicias, también se destaca como uno de los compositores más prolíficos del barroco musical en América.

En México, los villancicos se incorporaron de manera intensa a las festividades de las posadas, una costumbre que representa el viaje de José y María en busca de hospedaje antes del nacimiento del Salvador. La práctica de cantar villancicos para «pedir posada» se mantiene hasta hoy, particularmente en el centro del país.